El mundo del arte es tan vasto como el océano, tan diverso como las tonalidades del círculo cromático y tan antiguo como la historia misma. Si bien el arte clásico siempre ocupará un lugar clave en esta industria, el arte contemporáneo es (y seguirá siendo) el protagonista de nuestros tiempos y los venideros. Su evolución a lo largo de las épocas es por demás interesante, y enfocarse en la manera en cómo se ha desarrollado en cada país es igualmente asombroso. Particularmente en México, es prácticamente imposible tocar el tema del arte contemporáneo sin que salga a relucir el nombre de Guillermo Santamarina. Hablamos no solamente de un artista sino de un curador e investigador que bien podría considerarse el hada madrina de este nicho en nuestro país. Guillermo, nacido en la Ciudad de México en el año 1957, siempre supo que quería estar en el mundo del arte de una forma u otra desde que comenzó a visitar museos a los siete años de edad y quedó maravillado no solamente con las obras que en ellos se encontraban sino con el ambiente que rodeaba dichas instituciones. Su curiosidad lo llevó a adentrarse en estudios de Arquitectura en la Universidad Autónoma de México, así como Antropología y Ciencias de la Comunicación, de donde se licenció por la Universidad Iberoamericana. Poco a poco la vida lo fue llevando a interactuar con diferentes escenarios de creatividad, encontrándose fanático no solo del arte sino también de la música; de hecho entre sus primeros trabajos figura su paso por la icónica tienda de discos de antaño Yoko Quadrasonic -donde más tarde realizaría su primera exposición artística- que sin duda contribuyó a crecer su melomanía, llegando a poseer más de diez mil vinilos en su domicilio. Poco a poco las diferentes dimensiones de expresiones artísticas permearon la vida de Guillermo, llevándolo a comenzar a fungir como curador desde la década de 1980, no precisamente por su profesión sino de forma empírica por los papeles profesionales que se le iban presentando. Promover a artistas emergentes siempre estuvo en su agenda desde el inicio, siendo impulsor de talentos nuevos y, al mismo tiempo, de los espacios para promocionarlos, dando paso a los inicios de las ferias de arte en México.
A la par, en 1978 realizó su primera exposición, comenzando su trayectoria como artista que si bien ha sido intermitente cada nueva exhibición refleja el gran bagaje cultural que lleva toda la vida construyendo. El Tin Larín -como se le conoce en el argot artístico mexicano- en su faceta de artista visual encarna un esquema multidisciplinario que podría corresponder a un colectivo, ya que involucra pintura, escultura, texto, gráficos, representaciones y demás elementos audiovisuales que en conjunto componen la receta ideal para dar a conocer su mensaje. Por ejemplo, en Champ de Bataille -un despliegue modular de manta serigrafiada y cosida con botones de plástico y discos de vinilos- emplea material textil que homenajea los recursos naturales de nuestro planeta que actualmente se encuentran inevitablemente en riesgo debido al cambio climático, y al mismo tiempo crea una alegoría asociada a los pensamientos de derecha e izquierda en el ambiente político neoliberal actual. Utilizando una técnica distinta, en Polar – Apolar grandes pliegues de periódico soviético intervenidos con cinta adherible color azul que crean formas alusivas a armamento de guerra, Guillermo invita a la reflexión acerca de las extensiones de la Modernidad y la Guerra Fría. Esta clase de preguntas retóricas y alusiones al constante proceso de preparación personal son una constante en su obra, llevándolo a indagar desde cuestiones tan profundas como el impacto de un acontecimiento bélico hasta la influencia que puede llegar a tener una frase cotidiana como “buenos días”, que pasa de ser la buena intención del deseo a -según los ojos de Santamarina- la diagramación visual tridimensional del sonido emitido por la formalidad transformada en ocho láminas de cobre de distintos tamaños insertadas en un muro. Ya sea en forma de abstracciones de óleo sobre yute o graficaciones elaboradas a partir de chapopote y acrílico, o una representación con su propio cuerpo, Santamarina es un personaje de lo más versátil, por decir lo menos, que ha sabido reinventarse con cada nueva propuesta tomando lo mejor de su camino y su cotidianidad, incluyendo varios paquetes de post-its (etiquetas adhesivas) de diferentes formas que fueron perfectos para intervenir un libro clave para la elaboración de una tarea hipotética. En palabras del propio Guillermo “mi trabajo no intenta representar la realidad (porque no la alcanzo, solo me rodea en su identidad fluctuante… en un solo día puede pasar de poco agradable gélida, a incómoda calurosa, a húmeda abochornante, a requerir un suéter…
Y más allá, todo lo demás, en el vaivén de políticas que perdieron identidad ideológica, o en la subyugación impuesta por el neoliberalismo agonizante”. El artista cree firmemente en el concepto de contar microhistorias a través de cada una de las piezas, para prueba basta reconocer las más de 600 exposiciones que ha organizado como curador y promotor de las artes visuales, plásticas, sonoras y performáticas; no es casualidad que las piezas de Santamarina sean una codificación de su propio trabajo que es un reflejo fiel de su preparación constante. Además contar con un currículum que no solo se compone de organización de ferias locales o dirección de museos mexicanos sino representación nacional en bienales internacionales enriquece de forma robusta sus exhibiciones individuales cuando elige deleitarnos con su interesante punto de vista para continuar escribiendo su legendaria trayectoria.